miércoles, 19 de marzo de 2008

"Confiar"

"Nuestros movimientos habituales implican, en efecto, determinadas convicciones. Contamos con la existencia del mundo externo cuando nos sentamos en una silla, cuando reposamos sobre un colchón, cuando bebemos un vaso de agua." Estas son algunas de las líneas incluidas en la pieza "Confiar", en el Manual del distraído (FCE), del hasta ahora justamente recobrado escritor Alejandro Rossi. En ella, el italiano de nacimiento pero mexicano por convicción, explora, como nosotros en la entrada anterior, la cuestión de la creencia -"lo que Santayana llamaba la fe animal, aquella que nos orienta sin demostraciones o razonamientos, aquella que, sin garantizarnos nada, nos separa de la demencia y nos restituye a la vida".

No he podido encontrar alguna versión en línea de esta breve y amenísima refutación a las teorías inmaterialistas del obispo George Berkeley (1685), que comienza recapitulando esa otra, quizás menos fina pero sin duda más contudente: la fuerte patada del doctor Johnson a una piedra. Sin embargo, deposito aquí algunos pasajes:

"La rutina diaria cuenta también con la regularidad de los ciclos. Nos alarmaría un otoño al cabo de un invierno o un viejo que de pronto comenzara a recuperar la juventud, el pelo negro, la cara aún arrugada, un brazo musculoso y el otro apenas recubierto con una piel escamosa. Envejecer tal vez se melancólico, pero tiene la ventaja de la familiaridad."

"Confíamos, además, en que las cosas conservan sus propiedades. No nos sorprendemos de que el cuarto, a la mañana siguiente, mantenga las mismas dimensiones, que las paredes no se hayan caído, que el reloj retrase y el café sea amargo."

Recomiendo ampliamente la lectura de la obra (completa) de Rossi, compuesta por ensayos divertidamente rigurosos que hacen alarde de la "la tremenda tarea (que es) pensar" y por una narrativa que transforma el polvo acumulado en en el transcurso del viaje, en la arena de la que se sirve para formular un reloj con otro tiempo, menos banal y trepidante: el propio.

La soledad y la ficcion

El fabuloso español que era Ortega y Gasset decía que en el principio el mundo es enigma. Con esto hacia alusión a que todas nuestras seguridades, sobre todo las más elementales (como el hecho de que el Héctor que despierta tarde para clases el lunes por la mañana es el mismo que se durmió la noche del domingo, o que el mundo como lo conocemos persistirá al paso de los segundos y en cambio no se desmoronará de pronto o estará completamente al revés), son una ficción. Cuando despertamos a la realidad no sabemos absolutamente nada de ella. El hombre, al contrario que la gran mayoría de los animales, nace con los instintos atrofiados (Berger y Luckmann en La construcción social de la realidad), y, sólo al paso del tiempo, en el vivir junto a los otros, los lleva a su culminación.

Cuando los búhos nacen, tardan algún tiempo en gobernar sus alas de manera que puedan emprender el vuelo y buscar su propio alimento, mientras tanto, sus padres le facilitan la vida. Pero bien podría arreglárselas, si bien con aumentada pena, sólo. Nuestro caso es distinto. No podríamos preservar nuestra existencia por nuestra propia cuenta. Aun la legendaria figura del salvaje solitario, el Crusoe de Daniel Defoe, comienza su relato aclarándonos que no es un hombre salvaje en sentido estricto; antes, es un hombre previamente tocado por la civilización. El elemento social con que constituimos nuestra identidad, pero también nuestras ideas acerca de lo otro (todo aquello que no somos nosotros), el lenguaje, está por definición mediado por otros; en una palabra es una invención social. Aunque después de la caída de Dios y de la recia jerarquía de las sociedades pre modernas, se nos exige que nos formemos una identidad diferenciada del resto, lo cierto es que sólo nos sentimos enteramente a gusto con lo que hemos elegido ser cuando es reconocido por los otros (Charles Taylor). Así, nuestra identidad tiene más el espíritu de una conversación que de un monólogo.

Después del embate romántico del siglo XIX hay un alo moral que sanciona la búsqueda de nuestra identidad diferenciada del resto. Descubrir nuestra forma auténtica de ser ya no se observa como un capricho del artista, sino como un deber moral de todos. Pero la materia con que construimos nuestra forma de ser no son esencias que se descubren bajo la oscura arena del Universo, sino verdades que los hombres que han estado antes que nosotros han construido. Cierto es que no las adoptamos ciegamente. Constantemente las reformulamos y las adaptamos (esta ha sido uno de las mejores lecciones de la hermenéutica y del historicismo). Pero la idea de que el mundo, incluido nuestro “yo”, son esencias, es decir, verdades validas para todo hombre en cada espacio y en cada tiempo, es una idea por lo menos cuestionable. Más bien pensaría que el más elemental de los axiomas a partir del cual interpretamos la realidad guarda paralelo con la ficción moderna, que no es otra cosa que un lente, un artificio, tejido con nuestros valores, nuestra lengua, y nuestros sentimientos, en una palabra, con nuestra subjetividad, para alcanzar a entender el mundo. A eso se refería Ortega en la cita con la que comencé. La ficción no se está quieta en las novelas de Cervantes, Flaubert y Sterne, sino que extiende su dominio incluso a instituciones que se quieren tan infalibles e inequívocas como la ciencia y la técnica.

Aunque ha muchos les ha complacido la revolución subjetiva que implica esta idea, lo cierto es que encierra numerosos retos (e imposibilidades). Si creemos, con el Señor de la Montaña, que todas aquellas leyes de la conciencia que creemos provenientes de la naturaleza son más bien fruto de la costumbre, queda poco para defender las nociones de certeza y razón que nos son necesarias para tantas cosas, como la comunicación satisfactoria con los otros. Así, estamos amarrados a la torre de nuestra consciencia.

Y es que, como dice un compatriota:

"el pensamiento (una de las variantes de la ficción) es el tatuaje de la soledad: nadie puede pensar lo que pienso; nadie puede morir en mi lugar, nadie puede sentir lo que siento. El pensamiento nos condena inaccesibles, impenetrables: solos."


Una de los personajes de la novela Sputnik, mi amor (Anagrama) de Haruki Murakami, donde el escritor compara las existencias de tres individuos a las solitarias orbitas que satélites como el Sputnik recorren en el ancho Universo, dice mejor:

"En realidad, sólo éramos prisioneras sin destino encerradas cada una en su propia cápsula. Cuando las órbitas de los satélites se cruzaban casualmente, nos encontrábamos. Quizás simpatizábamos. Pero sólo duraba un instante. Momentos después volvíamos a estar inmersas en la soledad más absoluta. Y algún día arderíamos y quedaríamos reducidas a nada."

sábado, 9 de febrero de 2008

Apuntes de Veracruz

Me acuerdo de ese restaurante en las costa de Veracruz; nos habíamos detenido, ya bien entrada la tarde, a comer algo antes de seguir el viaje de vuelta a casa en la camioneta blanca y derruida de mi tío. El lugar se sostenía imposiblemente sobre cuatro columnas de madera empobrecida, al interior de un mar azul oscuro, casi negro. Me pareció imposible, pero el viento aullaba cuando daba vuelta en el vértice de alguna pared o cuando entraba por la puerta, como cualquier otro cliente. Después de ordenar mi comida, salí a ver el mar al balcón, sólo. De un salto pequeño y rápido hacia en frente, me colgué del barandal, y levanté la mirada: el cielo estaba nublado y sucio; el aire era húmedo, casi vapor; la línea del horizonte, al fondo, parecía coloreada por un lápiz de carbón: una línea negra, difuminada por la acción de un pulgar. Balanceándome, sentí un ligero mareo, vértigo y, para no arriesgar, regresé los pies a la tierra. En la pirueta noté, en las piedras donde pegaban las olas, un elemento extraño. Ya seguro en el balcón, me incliné y me di cuenta que era una mierda salida de un drenaje en la superficie del mar. Desmenuzada ante la insistencia del oleaje, casi al momento desapareció. Pensé, no sé ya muy bien por qué, en la sal, en los fanáticos, en los elementos que se disuelven, invisibles, recién entran en contacto en algo más grande; como reconociendo su nadería, su poquedad.

domingo, 3 de febrero de 2008

El Pasajero

Presento esta traducción libre (del inglés) de uno de los breves pero conmovedores textos de Franz Kafka, aparentemente compuestos en 1913, reunidos bajo el título de Contemplación. ¿El motivo? El deseo de hacer un sencillo homenaje al par de horas soleadas que pase en el patio de mi universidad, donde descubrí la mentada colección de escritos y fui incursionado por un modesto ejército de insectos que, recorriendo mi faz, dejaron una estela de cosquillas y comezón.


El Pasajero

Me encuentro sobre la plataforma del tranvía, completamente vacilante acerca de mi lugar en este mundo, en esta ciudad, en mi familia. Ni siquiera por ventura podría indicar qué derechos invocar para justificarme, en uno u otro sentido. Soy incapaz de alegar el hecho de estar sobre esta plataforma, sostenido de esta asa, dejándome arrastrar por este tranvía; de que la gente se quite del camino, o continúe caminando calladamente, o se detenga ante los escaparates: no es que nadie así me lo pida -pero eso es irrelevante.

El tranvía se acerca a una parada, y una joven se aproxima al umbral, dispuesta a bajar. Se me aparece claramente, tal como si la hubiera acariciado con mis propias manos. Está vestida de negro, los pliegues de su falda están casi inmóviles, su blusa es ceñida y tiene un cuello de fino encaje blanco, su mano izquierda se apoya de plano sobre el costado del tranvía, la sombrilla en la mano derecha descansa sobre el segundo peldaño. Su rostro es moreno; su nariz, ligeramente pellizcada a los costados, es de punta redondeada y ancha. Su melena es castaña, con algún mechón cayendo sobre su sien derecha. Su oreja es pequeña y compacta, pero al estar cerca puedo ver todo el pabellón de la oreja derecha, y la sombra que proyecta.

En ese momento me pregunté: ¿Pero cómo es posible que no esté pasmada de sí misma, que permanezca con los labios cerrados y no diga nada al respecto?


Franz Kafka en Contemplación (1913)

domingo, 27 de enero de 2008

sábado, 26 de enero de 2008

Noche de martes, noche de miercoles

A veces en una conversación se cruza una frontera invisible y prodigiosa. El mundo entero lo sabe porque cada uno de nosotros ha probado el goce elemental de cuando se cambian palabras sazonadas con auténtica emoción. Tanto así que incluso hemos cultivado lugares propicios para el suceso: cafés, cenas a la luz de las velas, yates flotando en el corazón del océano, cantinas a media noche con más meseros que comensales… Las parejas y los amigos se dan cita allí, en esos lugares, albergando esperanzas enormes en el corazón, pero no siempre encuentran lo buscado. Más bien es usual lo contrario.

Y es que el sólo lugar, el espacio no es la llave; no importa con cuantos manteles se cubra o con cuantas velas se alumbre. Lo cierto es que el límite entre un cambio burdo de palabras y una verdadera plática, burla la geografía material y, por tanto, su misterio es inasequible, al menos mediante la sola cartografía convencional y las brújulas de entraña magnética.

Aun diría más sobre este límite: su misterio es inasequible, a secas. Con la lluvia, comparte su propiedad más genuina: lo impredecible. Tanto para el meteorólogo como para el amante o el amigo, el aluvión y el trance conversacional siempre salen de la niebla. Por eso mismo es más vertiginosa la migración. Pero no por eso su misterio es oscuro como el de la tormenta; al contrario, es extraordinario como el de la espiral.

Cuándo o con quién vamos a poner el pie en la otra región, no se sabe. Por lo general, el momento justo del cruce no es percibido por los conversadores. Como con las inyecciones, la aguja nos ingresa cuando tenemos los ojos cerrados y el primer vértigo ya se disipa. Nos entregamos entonces al salto, aun sin línea de seguridad. De pronto, narrar el fuego, el noble y el enfermo, que cruza nuestro corazón no parece un acto impúdico y debilitante; en cambio nos aligera el mundo, nos sentimos menos, bastante menos, solos. En nuestra conciencia se borra el mundo y frente a nosotros brilla un solo elemento: el otro, el otro que escucha, y el corazón se alivia.

***


Alguna noche de la semana anterior anduve por esa plaza que a la memoria no se le olvida, aunque no la recuerde. Una amiga, que espero al menos intuya que es a ella a quien me refiero, me acompañó. A ella, pero también a unos pocos otros, quiero dejarle estos párrafos groseros.

sábado, 19 de enero de 2008

En clave autobiografica

"¿Y qué quedaría de mí, preguntó Pereria, yo soy lo que soy, con mis recuerdos, con mi vida pasada, la memoria de Coimbra y de mi mujer, una vida transcurrida como cronista de un gran periódico, ¿qué quedaría de mí? La elaboración del luto, dijo el doctor Cardoso, es una expresión freudiana, perdóneme, soy sincrético, y he pescado un poco de aquí, otro poco de allá, pero usted necesita elaborar el luto, necesita decir adiós a su vida pasada, necesita vivir en el presente, un hombre no puede vivir como usted, señor Pereria, pensando sólo en el pasado. ¿Y mis recuerdos?, preguntó Pereira, ¿y todo lo que he vivido? Serían tan sólo memoria, respondió el doctor Cardoso, y no invadirían de forma tan avasalladora su presente, usted vive proyectado en el pasado, usted está aquí como si estuviera en Coimbra hace treinta años y su mujer estuviera todavía viva, si continúa así acabará convirtiéndose es una especie de fetichista de sus recuerdos, quizás se pondrá a hablar con la fotografía de su esposa. Pereria se limpió la boca con la servilleta, bajó el tono de voz y dijo: Ya lo hago, doctor Cardoso. El doctor Cardoso sonrió."


Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) en Sostiene Pereira

lunes, 7 de enero de 2008

Los Diarios de Elizondo

Ultima entrada de hoy, lo prometo. Aunque esta es la tercera del día, el motivo, la publicación de los Diarios inéditos del más enigmático y fino de los escritores de la fecunda “generación del 32” de México en la revista de literatura Letras Libres, merece, ahora sí, la pena. Salvador Elizondo, que escribió dos de los libros clave de la literatura de mi país, Farabeuf y Elsinore, escribió, a mano, con valentía y tesón, una serie de cuadernos que registraron el acontecer de su vida desde que contaba con quince años (1945) y que relatan sus múltiples travesías vitales; manuscritos que sólo se vieron impedidos por la muerte del autor en el año 2005, cuando la escritura ya le era una obsesión.

Aunque en entrevista el escritor ya había anunciado la publicación póstuma de sus diarios, esto no sucedería, según dijo en el momento, antes de veinte años de transcurrida su muerte. Sin embargo, la viuda de Elizondo, Paulina Lavista, ha comenzado, desde el primer número de este año de la mentada revista, la publicación dosificada pero valiosa de los manuscritos, que registran la experiencia del autor en Lake Elsinore, en Ottawa, y de sus primeros amores.

Hay que tener claro que la atención a esta dimensión de la obra de Elizondo no es un acto morboso. Para el autor de Teoría del infierno, junto con Baltasar Gracián, la vida era perpetua conversación. Primero se conservaba con los otros; luego, como también quería Quevedo, con los difuntos, esto es, con los libros. En las postrimerías de la vida, sin embargo, se entabla uno de los más valiosos diálogos, aquel en que el interlocutor es uno mismo. La publicación de los diarios de Elizondo nos permitirán seguir fielmente esta última gran conversación. En las páginas de los diarios podremos recorrer los fecundos paseos del autor por avenidas tan diversas pero tan colindantes como son la tauromaquia, el amor, el alcohol, y la incesante búsqueda por la belleza, la sabiduría, y, por qué no, la verdad. En medio de la accidentada ortografía y el primero y rudo inglés de un Elizondo de quince años, alcanzaremos a ver la trayectoria de una estética que prosperó hasta la absoluta belleza.



La obsesión de Elizondo por la escritura es admirable; conocer las íntimas elucubraciones de este autor fundamental para nuestra literatura, es prodigioso.

Confesion

Borges, entendido en muchos quehaceres, especialmente en los humanos, dijo: “Todo es más grato en el recuerdo, hasta la humillación”. A mí me convence esta máxima; aun más, la creo. Mi pasado es mi mejor posesión y siempre que lo recorro me encuentro con lugares felices (pero soy consciente de que, de todos modos, seguro hay fantasmas escondidos por sus laberintos).

En días como hoy, en que lo paso deambulando por los dos pisos de la casa, buscando algo que siempre soy incapaz de recordar en el momento preciso; pellizcando fruslerías en la cocina; esperando a que mi familia abandone la casa para poder encender un cigarro, me acuesto en la cama y me pongo a recordar… Una salida de noche en el verano pasado: salí con D. y le prometí llevarla a escuchar jazz, pero la revista de donde extraje los lugares que podíamos visitar tenía seis meses de publicada y, si se toma en cuenta que los centros nocturnos en México tienen existencias más bien efímeras, se entenderá porque esa noche recorrimos en vano toda la ciudad, descubriendo que ninguno de los sitios seguía con vida. La travesía fue dolorosa para mí. Con intenciones de conquista, el fracaso no me ayudo en nada. Además, que nos acompañará, en su pequeño auto plateado, una amiga de ella, aumentaba la tensión.

De todos modos la noche tomó buen cause cuando dimos por perdida la ocasión de escuchar música y, en cambio, nos metimos a un pequeño restaurante a tomar, ellas, martinis de manzana y, yo, cervezas frías. Platicamos largo y tendido dos o tres horas mientras la provisión de cigarros disminuía. De hecho, hacía asaz frío -todavía recuerdo como se me partían los labios, y como los humedecía con pequeños tragos a mi botella marrón. Poco a poco nos fuimos quedando solos en las mesas apostadas sobre la calle. Las luces del lugar fueron desvaneciéndose y las meseras empezaron a contar su propina sobre la barra. Pensé que se enojarían porque les impedíamos irse a casa, y, todavía más, que nos lo harían saber de alguna u otra forma. Sin embargo, una de ellas se acerco, pidió un cigarro, más para cambiar algunas palabras con nosotros y amistarse, algo, que por el mismo cigarro.

Esa noche descubrí que el amor puede ser un buen lugar para perderse de uno mismo. En la mesa del bar confesé que el amor, en los últimos meses, se había vuelto para mí una adicción; el mayor afán de mi vida. Amando a otro creí exhibir una virtud prócer: “no me preocupo por mí mismo, me preocupo por quien amo”. La amiga de D., recordando a Baudaliere, señaló que lo que yo hacia era escapar de mí. La conversación que siguió lo hizo sólo a la sombra de esa nota. No me molesto, al contrario, me despabiló de un letargo.

La memoria, como el amor, es un territorio para perderse. De eso me doy también cuenta.

Cronica de un encontronazo

Cuando comencé a leer, el azar dictó mis primeras elecciones. Al pasear por la librería El Sótano, mi única luz era la apariencia del libro, sus atributos sensuales; sus dimensiones, las imágenes y colores de la portada, el cuerpo del papel y, no menos importante, su perfume casi aire. Así, sin mayor guía, mis lecturas, es casi previsible, gozaron de diversas fortunas. Mis primeros dos libros fueron la desgraciada filosofía de autoayuda disfrazada de novela que es La playa de los sueños, y la aun hoy conmovedora edición de Alfaguara del libro que catapultó a Vargas Llosa a la fama en aquellos atropellados años del boom; hablo, claro, de La ciudad y los perros. Sobre la primera basta decir que fue incinerada, junto con otros deplorables textos, una tarde nublada de domingo en mi azotea. En cambio, el libro de Vargas Llosa, cuya brillo, lo sé, se debe a la ilusión de la distancia y el tiempo más que a los hechos, fue el primero que me hizo sentir que pasar la última página podía llegar a adquirir el peso emocional de una despedida en el aeropuerto.

Este primer apunte me ha desviado de mi primera intención al sentarme a escribir, pero también me ha servido para dejar en claro la torpeza con que desde el inicio me he acercado a los libros y así dar un brinco a los momentos, en que la impericia para nada había cedido, en que entré en contacto con aquellos que escribió el francés Michel Foucault, motivo original de la entrada. (Y es que recuerdo todavía que para lograr que los libreros me entregaran lo que había pedido, tuve que andar un penoso camino de purificación que comenzó con el barbárico fucólt, pasando por el apenas más civilizado fucól, hasta llegar a un pulidísimo fucó; aun ahora se me aparecen claramente los ojos estupefactos de los dependientes que en verdad no entendían, y aquellos, engreídos y socarrones, que me observaban desde la pomposa altura de una Licenciatura en Filosofía.)

Pero el purgatorio valió la pena. Cuando entré a Las palabras y las cosas o a La arqueología del saber, sentí, por primera vez, que mi pequeño mundo se zarandeaba. Fue extraño; más chico había leído, en mi preadolescencia “roja” en que llegué a portar con orgullo una estrella roja sobre mi atavío, y para humor de mis tíos, Las cinco tesis filosóficas de Mao Zedung, y entonces ya me habían advertido que una lectura “así” podía causarme “problemas”, que por indefinidos parecían atroces; pero no había sentido nada, ni un escalofrío ni nada. Fue solo cuando recorrí los libros de este calvo fabuloso que sentí el auténtico temblor de la duda. Por supuesto que mis lecturas fueron más revueltas y tramposas que cabales y cuidadosas; de hecho, nunca pude leer en orden los textos, siempre, como con el resto de la filosofía continental de su generación, el filósofo francés, sañosamente, creo, interponía en el camino un oscuro término que tumbaba mi carrera (y que, sin embargo, conservaba el halo prodigioso de las piezas de arqueología). Pero esto sólo encendía más mi ánimo: leí innumerables monografías en la red y compraba todo libro que portara su nombre, tan sólo para poder entender al menos un renglón más. Incluso hacia minuciosos apuntes de estas excursiones, mapas de una selva demasiado honda y oscura pero también sobradamente seductora como para abandonarla, aún cuando en ese mismo momento la Biología y la Química amenazaban mi misma supervivencia en la preparatoria.

Así, con el paso del tiempo, Foucault se volvió en eso que desde entonces he querido eliminar de mi experiencia: una Presencia, un Ídolo (que, vale anotar, es una de los vicios de nuestra civilización que el francés combatió con el máximo vigor). En la lectura voraz de sus biografías (entre las cuales la de Didier Eribon, por Anagrama, destacó) adquirí la enfermedad del que se divierte contando la anécdota del Foucault joven que conducía su pomposo Jaguar, disfrazado de chofer, llevando de paseos de compra a sus amigas, o que se contenta con discutir apenas los fragmentos infértiles por escandalosos de su pensamiento, pero que desconoce las fuentes y evolución mismas de la literatura o autor del que es devoto. De esta forma transcurrió mi año diecisiete de existencia, que se vio plagado por panegíricos monstruosos para cualquiera que se dignara a escucharme. Al final, sin embargo, como una ola que se arrastra de vuelta al océano, los mismos azares que me condujeron a sus libros me llevaron a otros parajes y la memoria del filósofo adquirió la pesada ausencia de los fantasmas.

A la distancia, soy menos severo; juzgo que el supuesto daño que en la honestidad y rigor de mi curiosidad causó el encuentro con el filósofo, es tan sólo eso, un supuesto. Con temor a rozar el empalagoso fantasma de la cursilería, diré que sus lecciones cambiaron mi manera de entender eso que ampulosamente llamo “mi mundo”; desde la forma en que hay que poner en duda proposiciones que suponemos válidas desde siempre y porque sí (piénsese, por ejemplo, en la Ciencia), hasta el cobrar conciencia de que la Verdad no es una esencia, la misma para todos y cada uno de los hombres, que se desentierra de las arenas negras del Universo a pura fuerza de constancia y lucidez, sino que, muy al contrario, la Verdad en realidad son varias y particulares verdades, siempre construidas socialmente, y válidas solo para puntos bien localizados en la trama del espacio y del tiempo.

Claro que muchas de la riquezas con las que me quede tras la lectura del filósofo fueron mucho más vastas y aun sutiles de las que aquí podría señalar. (Y es que la influencia que un autor tiene sobre sus lectores se mide más por la energía y el rigor con que los hace reaccionar ante sus propios textos y proposiciones, que por la fidelidad y comunión que con ellos mantiene.) Sin embargo, con alguna injusticia, creo poder resumir su mayor obsequio en la ejemplar invitación a eso que Nietzche dio en llamar “el arte de la desconfianza”, esto es, andarse por el mundo con auténtico escepticismo; no sé si para suspender el juicio, como quería Pirrón de Elís, o para mejor conocer, como quería Sócrates.

***


He escrito, con mucho, más de lo que pretendía cuando comencé la entrada. Apenas quería invitar al artículo ayer aparecido en el suplemento cultural del periódico mexicano La Jornada en que se comenta uno de los encuentros intelectuales más legendarios del siglo pasado: aquel entre el lingüista estadounidense Noam Chomsky y el francés que aquí nos ha ocupado, y he terminado con un personal y pequeño panegírico (uno más) a un encontrón afortunado. La reunión de estos dos filósofos en la Escuela Superior de Tecnología de Eindhoven (Holanda) ha tenido tal resonancia para el debate filosófico contemporáneo que ya se ha visto trascrito y publicado varias veces en inglés, y ahora se hace lo propio en español. Además, vale la pena recordar que el video del encuentro se puede ver por el acervo infinito de Youtube.


El artículo: http://www.jornada.unam.mx/2008/01/06/sem-rafael.html